miércoles, 10 de junio de 2020

Los amigos (y la difícil tarea de matar a uno)

Consigna: incorpore al menos tres catálisis en el cuento “Los amigos” de Cortázar (una que sea un diálogo, las otras descripciones). Justifique en un texto aparte su expansión (de modo sencillo, simplemente por qué resultaba operativo incorporarlas en ese momento de la historia o qué podían agregarle al lector, entre otras posibles). Modifique alguno de esos núcleos en el cuento “Los amigos” de Cortázar de modo que la historia cambie. (Si se anima, por supuesto, puede cambiar el final del relato.)

Los amigos (y la difícil tarea de matar a uno)

          En ese juego todo tenía que andar rápido. Cuando el Número Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el Número Tres se encargaría del trabajo, Beltrán recibió la información pocos minutos más tarde. 
-Telefono del Número Uno -escuchó decir al mozo, que le traía la cuenta y el aparato sobre una bandeja plateada -Surgió un trabajo.
Beltrán atendió y, luego de escasos segundos y sin decir palabra alguna, colgó.
Tranquilo pero sin perder un instante, salió del café de Corrientes y Libertad y se metió en un taxi. Mientras se bañaba en su departamento, escuchando el noticioso, se acordó de que había visto por última vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte en las carreras. En ese entonces Romero era un tal Romero, y él un tal Beltrán; buenos amigos antes de que la vida los metiera por caminos tan distintos. Sonrió casi sin ganas, pensando en la cara que pondría Romero al encontrárselo de nuevo, pero la cara de Romero no tenía ninguna importancia y en cambio había que pensar despacio en la cuestión del café y del auto. Era curioso que al Número Uno se le hubiera ocurrido hacer matar a Romero en el café de Cochabamba y Piedras, y a esa hora; quizá, si había que creer en ciertas informaciones, el Número Uno ya estaba un poco viejo. De todos modos la torpeza de la orden le daba una ventaja: podía sacar el auto del garaje, estacionarlo con el motor en marcha por el lado de Cochabamba, y quedarse esperando a que Romero llegara como siempre a encontrarse con los amigos a eso de las siete de la tarde. Si todo salía bien evitaría que Romero entrase en el café, y al mismo tiempo que los del café vieran o sospecharan su intervención. Era cosa de suerte y de cálculo, un simple gesto (que Romero no dejaría de ver, porque era un lince), y saber meterse en el tráfico y pegar la vuelta a toda máquina. Si los dos hacían las cosas como era debido —y Beltrán estaba tan seguro de Romero como de él mismo— todo quedaría despachado en un momento. Volvió a sonreír pensando en la cara del Número Uno cuando más tarde, bastante más tarde, lo llamara desde algún teléfono público para informarle de lo sucedido.
Vistiéndose despacio, acabó el atado de cigarrillos y se miró un momento al espejo. ¿Acaso se sentía incorrecto su plan? Se sentó sobre la cama, meditabundo. Suspiró profundamente, intentando mantener la compostura. Romero había sido un amigo, si. Pero ahora era un trabajo, un cheque, un montón de plata. Y no podía darse el lujo de decepcionar al Número Uno, ¿o si?
Después sacó otro atado del cajón, y antes de apagar las luces comprobó que todo estaba en orden. Los gallegos del garaje le tenían el Ford como una seda. Bajó por Chacabuco, despacio, y a las siete menos diez se estacionó a unos metros de la puerta del café, después de dar dos vueltas a la manzana esperando que un camión de reparto le dejara el sitio. Desde donde estaba era imposible que los del café lo vieran. De cuando en cuando apretaba un poco el acelerador para mantener el motor caliente; no quería fumar, pero sentía la boca seca y le daba rabia. Tamborileaba sus dedos sobre el manubrio, un tanto nervioso, un tanto desconcentrado. Matar a un amigo es una tarea difícil.
         A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el chambergo gris y el saco cruzado. Recordó cuando usaba ese mismo sombrero en las carreras, lo mucho que se burlaba de el. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero a Romero no podía pasarle nada a tanta distancia del café, era preferible dejarlo que cruzara la calle y subiera a la vereda. Exactamente en ese momento, Beltrán puso el coche en marcha y aceleró hasta acercarse a dónde Romero se encontraba charlando y riendo con sus amigos, ajeno totalmente a su destino. 
Estaba por sacar su brazo por la ventanilla, inclusive ya estaba extendiendolo, cuando decidió simplemente no hacerlo. 
Observó como Romero ingresaba en el café junto a los amigos, y quizás, pensó, algún día el podría sumarse a ellos.

Si el Número Uno lo dejaba vivir para hacerlo. 

Aclaración: la primera modifivacion que elegí introducir fue la conversación con el mozo, algo cotidiano pero a lo que decidí agregarle un giro de "agente secreto", al hacer que el mozo esté involucrado en esta "organización". Después, decidí ir introduciendo recuerdos de su amistad con Romero, para que Beltrán comenzara a cuestionarse si lo que está por hacer es correcto. Finalmente, Beltrán se acobarda a último momento y no asesina a Romero, e inclusive fantasea con ser uno más de "los amigos" con los que entra al café. 
Decidí que el inconsciente del personaje hiciera todo el trabajo: que, a pesar de ser un asesino, no pudiera con la tarea de matar a un amigo. Quizás, humanizarlo un poco.

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