martes, 2 de junio de 2020

Postales desde China (2)

Consigna: elegir una de las fotos que encontraron del archivo familiar/personal: Contar un cuento en el que la foto sea el testimonio de un secreto inconfesable.

Aclaración: esta es una re-escritura de Postales desde China 


Postales desde China (2)

Todos lloraron la muerte del abuelo.

Los meses previos a su partida, sin embargo, habían sido desgastantes: la familia entera debía controlarlo excesivamente ya que tendía a escaparse -usando sólo su pijama, su bata y sus pantuflas- para comprar sus chocolates preferidos; debían también cocinar exactamente lo que él quisiera o hacía una rabieta; también solían esconderle el registro de conducir o inevitablemente salía a dar una vuelta en su viejo Jeep (y provocaba, con regularidad, algún que otro accidente). 
La última de sus "aventuras" conllevó a que la familia tomara la difícil decisión de internarlo en una residencia geriátrica: el abuelo había fingido ser otra persona en un prestigioso banco para retirar un cuantioso cheque. 
"Ustedes me subestiman, creen que no puedo valerme por mí mismo, ya los voy a sorprender, ya van a ver" había dicho mientras sus tres hijos, su yerno y sus dos nueras le comunicaban la noticia de su mudanza.

Llevaba viviendo en la residencia tan sólo unos días cuando a la familia se le notificó del deceso.
Los dueños del asilo se encargaron -muy amablemente- de organizar el servicio fúnebre y el velorio. A cajón cerrado "para no impresionar a los niños"

Y había pasado tan sólo un mes desde el funeral cuando arribó a la casa familiar una carta proveniente de China.

Se reunieron todos en la amplia mesa del comedor para abrir el misterioso sobre. En el frente estaba pegada una estampilla en la que se podía reconocer la famosa Muralla China. 
No estaba escrito el nombre del remitente. 
Cuando la abrieron se llevaron una desilusión: tan solo era una postal de La Ciudad Prohibida de Pekín. No había nada escrito. 
La conclusión final: se habían equivocado de dirección.

Una semana después, sin embargo, llegó otra carta. 

Nuevamente padres, hijos, tíos y primos se sentaron alrededor de la gran mesa del comedor. Los más chicos exigían saber qué había adentro del sobre; los más grandes decidían si lo mejor no sería devolverla al correo para que la entregue a su verdadero destinatario.
La curiosidad fue más fuerte que la cortesía, y decidieron abrirla. 
Y dentro había tan solo una fotografía, lo cual fue suficiente para dejarlos a todos boquiabiertos.

-¡Esto es una broma de mal gusto! -chilló el mayor de los hijos, furioso.
-Esto no puede ser cierto -murmuró su hermana antes de desplomarse en el suelo, desmayada. 
-¡Si fue uno de ustedes, mocosos, dígalo ahora! -exigió el menor de los hermanos a los niños, que se encogieron de hombros y ladearon de lado a lado sus cabezas, negando toda acusación.

Los hermanos (y su hermana, que comenzaba a recuperar la consciencia y a incorporarse con la ayuda del resto de la familia) comenzaron a discutir sobre el contenido de aquella fotografía. Sólo se escuchaban gritos, llantos y las frases"no puede ser cierto" y "pero tiene que serlo".
Decidieron, finalmente y después de unos cuantos minutos de bullicio e incertidumbre, ir a la residencia geriátrica.

En la residencia no había sino silencio y tranquilidad hasta que, de pronto, la numerosa familia ingresó por la puerta principal, entre gritos, acusaciones, demandas y llantos.
Los hermanos iban al frente, sosteniendo en sus manos su única evidencia: el sobre y la fotografía.
-Queremos saber la verdad en éste mismo instante -exigió el hermano mayor, mostrando la fotografía a los dueños del sitio y señalando con su dedo índice la estampilla proveniente del país asiático -De otra forma, ya mismo llamaremos a la policía.

Los dueños observaron la fotografía, y luego se observaron entre sí. Y luego observaron a los hermanos, que junto con el resto de la familia, esperaban expectantes las respuestas.
-Se escapó... -murmuró uno de los dueños, escondiendo su cara entre sus manos -Un día simplemente desapareció, y no supimos qué hacer. Si se sabía, nos hubiera arruinado.

Lo que prosiguió fueron gritos aún más fuertes, llantos aún más sonoros y otros cuántos desmayos. 

El abuelo no estaba muerto. El abuelo estaba en China.


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